El magnate del viento
En un país entre conmocionado e incrédulo ante el precio de récord del galón de
gasolina, el magnate petrolero Thomas Boone Pickens alardea de ser el “único”
entre sus compatriotas con un plan riguroso para enfrentar una crisis energética
agravada cada día un poco más por el fracaso de la intervención norteamericana
en Irak.
Sorpresivamente, la receta de este millonario que figura entre las 400 personas
más acaudaladas del globo nada tiene que ver con presionar a los congresistas de
Washington para que levanten la vigente prohibición de perforar las costas de
Estados Unidos en busca de yacimientos vírgenes (la principal empresa de “lobby”
a la que está aplicada la administración Bush en el tiempo de descuento antes del
próximo relevo en el Salón Oval).
Muy al contrario, el llamado plan pickens aspira a rehabilitar a la sociedad yankee
de su enfermiza “adicción” al crudo extranjero, que le gusta decir al propio Bush
junior, mediante una terapia de choque que apuesta, para regocijo de los grupos
verdes y mayúscula sorpresa de muchos colegas dentro la industria del oro negro,
por la energía eólica como alternativa preferente de consumo.
“Estamos pagando 700 billones de dólares al año en importaciones, lo que nos
está arruinando como nación”, repite con indisimulado fastidio este octagenario
que empezó a afilar su instinto para los negocios a los once años, cuando
convenció a un mayorista de prensa para que le dejase meterse a competir en las
rutas de reparto de periódicos asignadas a otros chicos de su barrio.
Pickens, republicano confeso y uno de los mayores donantes dentro del partido
rojo, quien a fines de la década de los ochenta amagó con lanzar su candidatura a
la Casa Blanca, pretende sembrar de molinos generadores de electricidad un
vastísimo corredor de tierra que va desde el estado de Texas hasta la frontera de
Canadá.
Según ha explicado el empresario sureño en una ambiciosa campaña difundida a
través de la televisión y la Web, que con estética apocalíptica augura un porvenir
sombrío para una economía que ya importa el 70% del petróleo que quema, la
única vía de escape para los usamericanos consiste en utilizar el recurso del viento
para producir la electricidad que ahora se crea gracias al gas natural y destinar,
seguidamente, este fluido para llenar los depósitos de los automóviles en
sustitución de las naftas.
Con ello, asegura el multimillonario nacido en Oklahoma y portada de la revista
Time en 1985, Estados Unidos garantizaría su tan ansiada independencia
energética y pasaría a convertirse en la “Arabia Saudi de la energía eólica”. “Esto
va más allá de las disputas entre bandos políticos”, argumenta Pickens. “De lo que
se trata es de salvar al país de la ruina”.
Conforme los cálculos de este ecologista inesperado, que ya posee el parque de
molinos más grande del planeta, conseguir que la potencia del Norte vuelva a ser
“energéticamente soberana” exige una inversión privada, hagan las cuentas, de un
trillón de dólares.
Aunque el negocio del viento promete suculentos beneficios para los empresarios
pioneros, al fundador de la exitosa compañía Mesa Petroleum le mueve un
sentimiento menos prosaico que el simple deseo de engrosar una fortuna personal
que asciende a cuatro billones de dólares. “Tengo 80 años y quiero morir sabiendo
que he hecho por mi país algo distinto que enriquecerme”, se ha sincerado el
bueno de Pickens.
Vista la entidad del proyecto, que supondría revertir la actual matriz energética de
la patria de Henry Ford y destejer el fantástico juego de intereses tramado
alrededor del petróleo, todavía resulta prematuro valorar si el plan pickens
terminará siendo factible y económicamente asequible.
Pero como ha señalado el periódico USA Today, lo que parece innegable es “el
astuto sentido de la oportunidad” de alguien que hace rato predijo que el precio
del barril de crudo treparía hasta los cien dólares.
Un país entre rejas
Una cuarta parte de la población reclusa mundial (2,3 millones de personas) pena sus
culpas en una prisión estadounidense. De hecho, uno de cada cien ciudadanos en la patria
de George Washington está en la cárcel. Entre la comunidad negra, las estadísticas
resultan todavía más sangrantes: uno de cada nueve “afroamericanos” pasa sus días a la
sombra.
El rigor con el que se aplica la ley en sus dominios ha permitido a la potencia
norteamericana encaramarse hasta el primer puesto en el ranking de las naciones
especialistas, según la expresión utilizada por The New York Times, en la “producción de
prisioneros”. (Solo China, con cuatro veces más habitantes, se sitúa “cerca” del récord
norteamericano, gracias a sus 1,6 millones de reos).
Pero no es solo el celo legalista y la jurisprudencia de mano dura lo que explicaría la
“excepcionalidad” yankee. Como señalaba el rotativo neoyorkino en un exhaustivo informe
publicado hace unos meses, existen otros factores decisivos implicados en el asunto.
Entre ellos, los altos niveles de violencia que se registran en el país que hizo de la sangre y
los disparos un género cinematográfico; la severidad de las condenas; “el particular fervor
en la lucha contra las drogas ilegales”; el “temperamento nacional”, o -significativamente- la
falta de una red asistencial pública que brinde sostén a quienes se encuentran en una
situación de carencia o marginalidad (como sería el caso de buena parte del colectivo de
negros; de ahí lo extraordinario de las cifras de delincuencia dentro de esa minoría).
“Cualquiera sea la razón, la brecha entre la justicia estadounidense y la del resto del
mundo es enorme y continúa creciendo”, concluía The New York Times en un artículo
firmado por Adam Liptak.
Lo doblemente llamativo es que no siempre las prisiones en el gigante del Norte habrían
estado tan concurridas. Cotejando los datos, se advierte que las “tasas de encarcelación”
(751 presos por cada 100.000 habitantes) se han disparado en las últimas tres décadas.
Así, entre 1920 y 1975, el número de presos rondaba los 110 por cada cien mil personas.
Una proporción similar a la que en la actualidad contabilizan estados más benévolos, como
Inglaterra (151) o Japón (63).
A decir de los estudiosos, lo que de verdad hace la diferencia es el hecho de que los
tribunales estadounidenses dicten, por lo común, penas de cárcel por delitos que rara vez
suponen la reclusión en los juzgados de Europa. Como por ejemplo, tratar de colar cheques
falsos o consumir drogas blandas.
“Esto no quiere decir que nadie merece ser encarcelado o que tenemos que liberar a todo
aquel que esté recluído”, ha escrito Jennifer Gonnerman en el último número de la
influyente revista Mother Jones. “Hay mucha gente tras barrotes que uno no querría tener
por vecinos, pero en nuestra hambre de justicia hemos perdido la perspectiva”.
En opinión de Gonnerman, una periodista que lleva un lustro escribiendo sobre las
consecuencias “sociales” de esta política de firmeza, en Estados Unidos se imponen
“encierros de diez años como si fueran nada, como un castigo suave, cuando en el resto
del planeta diez años se consideran sentencias extraordinariamente severas”.
Haciéndose eco de la opinión de otros especialistas, Gonnerman sostiene que la
administración usamericana tiene una especial habilidad para “convertir a los ciudadanos
en convictos, pero ha olvidado cómo transformar de nuevo a los convictos en ciudadanos”,
aludiendo al déficit de iniciativas y de presupuesto para promover, entre los reclusos,
programas de reinserción.
“Nuestras celdas están llenas de mujeres y hombres que no saben leer o escribir, que no
han terminado el bachillerato y a quienes les será muy difícil encontrar un trabajo cuando
sean puestos en libertad”, ha escrito la periodista.
Como recordaba Adam Liptak en su investigación en The New York Times, hubo un tiempo
en que la calidad del sistema penitenciario estadounidense, “modélico” para autores del
siglo XIX como Alexis de Tocqueville, atraía la curiosidad extranjera. “En ningún país se
administra la justicia con más suavidad”, anotó el francés en su celebérrimo libro La
democracia en América.
Ya ven: puro anacronismo.
Localívoros

En 2004, Barbara Kingsolver y Steven Hopp decidieron hacer un alto en el camino para
lanzarse a un proyecto vivencial que rumiaban desde hacía tiempo. Tras vender su casa en
la desértica ciudad de Tucson, en Arizona, el matrimonio puso rumbo al frondoso territorio
de Virginia, donde eran propietarios de una granja que supusieron como el emplazamiento
idóneo para enfrentar su plan de “aprender a comer deliberadamente”.
El propósito de Kingsolver y Hopp, una escritora de éxito y un profesor de estudios
medioambientales, consistía en abstenerse de consumir durante al menos doce meses
cualquier clase de alimento “procesado”. Para ello, este matrimonio de cincuentones,
padres de dos hijas, pensaba cultivar un huerto y completar la “autoproducción” hogareña
con la compra exclusiva de aquellos productos de temporada que encontrasen en las
despensas vecinas.
Las vicisitudes de ese intenso año, en el que los neoagricultores obtuvieron con sus sudores
tres cuartas partes de las viandas que pusieron sobre el mantel, han quedado
documentadas en un luminoso ensayo cuyo título juega con la rima irreproducible que en
inglés crean las palabras animal, vegetal y milagro (Animal, Vegetable, Miracle). Un libro
miscelánea que puede leerse, indistintamente, como una obra de divulgación sobre
dietética, un manual de economía doméstica, una novela de aventuras o un volumen de
memorias.
Aunque en su insólita resolución pesaron razones biográficas, con su programa de
agricultura a pequeña escala los Kingsolver-Hopp pretendieron hacer un gesto de
insumisión contra la tiranía de una industria alimentaria que, además de diseminar una
pandemia feroz de obesidad y diabetes, está desbaratando en los cinco continentes el
modus vivendi tradicional en los entornos rurales y contribuyendo significativamente, con el
dispendio energético que acarrea el muchas veces caprichoso transporte de mercancías, a
la contaminación del planeta.
“Buscábamos placeres tangibles y saludables, un poco como quien decide boicotear a las
tabacaleras teniendo la satisfacción de saber que le está negando su dinero a Philip
Morris”, ha explicado Kingsolver, autora de una docena de títulos de narrativa y poesía.
“Confiábamos en que unos meses al margen de los alimentos industriales sabrían
particularmente bien”.
Lejos de constituir un episodio de militancia ecologista extrema o una excentricidad, la
historia de los Kingsolver-Hopp representa algo así como la punta de lanza de una moda en
auge que, en los Estados Unidos, preconiza el regreso a los viejos hábitos en el comer y, al
mismo tiempo, promueve la rehabilitación del comercio minorista local frente a la cultura
empobrecedora del shopping center.
En esta conversión norteamericana al credo “localívoro”, favorecida por la trepidante alza
mundial en el precio de los alimentos y los combustibles, juega un papel clave un incipiente
modelo socioeconómico de producción que cabría traducir como “agricultura sostenida por
la comunidad” (community-supported agriculture, o CSA).
Tras lo tosco de la expresión, anida una propuesta que vincula, aprovechando los lazos de
vecindad y proximidad geográfica, a los pequeños agricultores con los consumidores.
Explicada la cosa muy sumariamente, los emprendimientos de CSA funcionan como una
suerte de club de compradores, en los cuales cada integrante hace un aporte monetario fijo
al mes que luego se le retribuye en especies con el envío semanal de una cesta de frutas y
verduras frescas.
Se trata de un esquema en el que los agricultores trabajan con la despreocupación de
saber que la venta sus cosechas no dependerá de los imponderables del mercado o de las
condiciones abusivas que les impongan los distribuidores. A cambio, las familias, que en
ocasiones adquieren el derecho a faenar ellas mismas la tierra, reciben alimentos con el
márchamo de orgánicos y la recompensa de ayudar al fortalecimiento de las economías
comarcales.
Para muchos de los “localívoros”, la apuesta por un cambio de paradigma hacia un
consumo más consciente encierra, de hecho, un “componente moral”. Pero sobre todo,
supone una defensa de las texturas, las calidades, los colores y los aromas primarios. Una
reivindicación del gusto, para que se entienda, por los tomates carnosos que saben a
tomates y el pan que huele a hogaza recién horneada.
Por ahí es por dónde le ganan a uno para la causa.
El ‘Senador No’
Los aspirantes a ocupar el sillón principal en el sanedrín republicano, vacante
tras la muerte hace una semana del ex senador Jesse Helms, van a tener que
aplicarse a fondo para estar a la altura de un político rocoso e intransigente
cuyos méritos resumió The New York Times señalando que muy pocos entre los
congresistas de Estados Unidos “habían hecho tanto para resistir la marea del
progreso”.
Conocido por el nulo miramiento con el que expresaba sus abrasivas opiniones,
el llamado “faro” del partido conservador yankee hizo gala durante las tres
décadas que ocupó un escaño en el Capitolio de Washington de una notable
animosidad en su cruzada “por la decencia y la pureza espiritual” de un país
particularmente generoso en personajes dogmáticos.
“Nada positivo les sucedió a Sodoma y Gomorra, por lo que es poco probable
que algo bueno le ocurra a Estados Unidos si sostiene el estilo de vida
homosexual”, argumentaba Helms en los años más oscuros de la irrupción del
sida, para expresar su rechazo a que el gobierno dedicase el dinero de los
contribuyentes a la investigación de una vacuna contra la epidemia.
Unas décadas antes, refiriéndose la Civil Rights Act que puso fin a la
segregación racial, el que fuera el gran valedor de Ronald Reagan en su
postulación hacia la Casa Blanca comentó que la histórica ley constituía “la
pieza de legislación más peligrosa” sancionada por el congreso estadounidense
desde su fundación.
Helms nació en 1921 en la pequeña localidad de Monroe (Carolina del Norte),
donde su padre ocupaba la jefatura de la policía local. Campechano y de humor
expansivo, pertenecía a una camada de norteamericanos cuya infancia arruinó
la Gran Depresión de 1929 y para quienes la existencia representaba “una lucha
constante”.
Tras participar en la Segunda Guerra Mundial, este ferviente partidario del rezo
en las escuelas y reconocido lobbysta de la industria tabaquera, firme opositor
al control de armas, inició su trayectoria pública como editor periodístico.
Enseguida sus polémicos editoriales le granjearon notoriedad, llegando a ser
divulgados por 200 diarios y 70 emisoras radiales a lo largo del país.
En ellos, el hombre que terminaría siendo bautizado como ‘Senador No’ por su
habilidad para hacer política a la contra, atacaba a los hippies, los sindicatos,
los promotores del estado del bienestar, los intelectuales y, con especial acritud,
al por entonces pujante movimiento de los derechos civiles.
Su ingreso en las instituciones se produjo en 1972, al ganar fuera de pronóstico
el cargo de senador que, por más de un siglo, Carolina del Norte había confiado
a los demócratas. En su reconversión a la política profesional, Helms se
descubrió como un líder especialmente habilidoso para recaudar donaciones, lo
que le permitió convertirse en un factótum dentro del no siempre bien avenido
clan conservador. Ello, como le gustaba recordar, sin menoscabo de su
trabajada reputación de independiente.
“No vine a Washington para ser un hombre que dice sí a los presidentes, sean
demócratas o republicanos, ni tampoco para ganar una competencia de
popularidad”, alardeaba el antiguo periodista, al que se ha caracterizado como
“un dolor” para los sucesivos presidentes, que invariablemente encontraron en
él un escollo para sus proyectos legislativos.
Cultivador de una retórica populista que asociaba las “penurias” sufridas por la
clase trabajadora con los beneficios concedidos a las minorías, durante los
noventa Helms encabezó en el Senado la influyente comisión de Relaciones
Exteriores. Allí renovó sus votos de en favor de la diplomacia dura, mostrándose
proclive a mantener a los Estados Unidos fuera de cualquier organización
multilateral que, como Naciones Unidas, pudiera restarle músculo a la potencia
del Norte.
Aunque no resulta sencillo congraciarse con el carismático senador por Carolina
del Norte, un consumado enemigo de las alzas impositivas y celoso guardián de
la libertad omnímoda de las empresas, algunos detalles lo humanizan. En 1963,
tras casi un cuarto de siglo de matrimonio, el político y su mujer leyeron en el
periódico la historia de un chico discapacitado que declaraba su “sueño” de
encontrar una familia antes de Navidad.
Lo pudo cumplir en el hogar de los Helms, que decidieron adoptarlo.
Netflix
Hace más de un siglo, un empleado de ferrocarril de Minnesota tuvo la ocurrencia de
utilizar el servicio postal para vender a los granjeros de las comarcas más remotas de
Estados Unidos aquellos artículos imposibles de encontrar en las, por entonces,
desabastecidas depensas locales.
Con el correr de los años, la feliz idea de Richard Sears dio origen al próspero negocio de
la venta directa por correo y favoreció, en el interín, el nacimiento de una de las empresas
norteamericanas señeras durante la primera mitad del siglo XX, la Sears, Roebuck and
Company.
Valiéndose de la difusión de unos catálogos ahora legendarios, que ya en 1895
encuadernaban hasta 500 páginas, la firma de Illinois se convirtió en la opción predilecta
entre la clase trabajadora del país de Henry Ford, que lo mismo recurría a Sears para
adquirir un vestido de boda que unos aperos de labranza o una vajilla.
Pero tanto como el amplio surtido de artículos que ofertaba, en el éxito de esta empresa
pionera, que hoy cuenta con almacenes en toda la geografía yankee, pesó la reputación
de “probidad” que supo granjearse al hacer prevalecer los intereses del comprador por
encima de los corporativos. En sus años de apogeo, figuraba como política distintiva de la
casa el remitir siempre los productos anticipadamente y gratis, condicionando su cobro a
la entera satisfacción del cliente.
Ponerle las cosas fáciles a los compradores y tener fama de cumplidor conforma una
regla de oro en el breviario de bolsillo de los hombres de negocios de Estados Unidos. En
ningún otro lugar del planeta quien hace un desembolso es tan soberano como en un país
devenido en potencia mundial gracias al músculo de cíclope desarrollado a través del
voraz consumo doméstico, donde el shopping constituye un modo de vida y la salsa que
liga los demás ingredientes en la receta de la felicidad de los nativos.
El respeto a esta máxima le ha otorgado excelentes dividendos a una de las compañías
más de moda hoy en el hipercompetido mercado USA, dedicada al alquiler de películas en
dvd. Porque si una cosa distingue a la pujante Netflix, que tiene 8,2 millones de
suscriptores y que reparte entre las familias de EEUU dos millones de pelis diariamente, es
un modelo de negocio que tienta, por lo inusualmente sencillo, hasta al cliente más
puntilloso.
En el pellejo de un consumidor como el estadounidense, celoso hasta la obsesión de su
tiempo y sus energías, el modus operandi pergeñado por esta empresa fundada en 1997
solo puede calificarse de asombrosamente fácil. Todo lo que debe hacer el usuario
consiste en crear en Internet una lista con los filmes de su preferencia, que la firma
californiana le envía a su domicilio, y contratar un pago mensual fijo que comienza con
cinco dólares y que le permite recibir -en función de la tarifa plana elegida- más o menos
discos por entrega entre un surtido interminable. Hasta 100.000 títulos diferentes.
A diferencia de los videoclubes tradicionales, que imponen plazos y penalizaciones por los
retrasos, los dvds pueden retenerse indefinidamente, sin que ello acarree pagos extras. La
devolución se realiza poniendo las pelis en un sobre prefranqueado que proporciona la
propia empresa, el cual se deposita gratis en cualquier buzón de correos del territorio
nacional. Cuando Netflix recibe el sobre, envía automáticamente, en un lapso de dos días,
la siguiente película en la lista de preferencias del socio.
Como ocurrió en su momento con otras empresas innovadoras como la cadena de
cafeterías Starbucks, hacerse cliente de Netflix es una decisión que excede el mero
cálculo monetario o los típicos argumentos de conveniencia. Se trata más bien de una
decisión por la cual el consumidor se “retrata” frente a los clientes de Blockbuster, como
sucede con aquellas personas que optan por Apple frente a Microsoft, que otorga algo
parecido a un estatus y que certifica que se está “en la onda”.
Este columnista habla con sus conocidos y parecería que, más que su conformidad con el
servicio, los suscriptores de Netflix muestran algo próximo al agradecimiento o, incluso, el
fervor de fans. Una suerte de gratitud porque la compañía les ofrece, de manera ventajosa
y archifácil, lo que antes nadie les había dispensado.
Eso debe contentar en el directorio de una compañía casi tanto como una abultada cuenta
de resultados. O quizá, le gusta creer a uno en un alarde de optimismo antropológico,
debe entusiasmar aún más que las ganancias récord.
Incolora, inodora, insípida y del grifo
Para los miembros de la pequeña comunidad de Fryeburg, en el nordeste de
Estados Unidos, no parece existir enemigo demasiado temible. Ni siquiera si el
contrincante contra el que han de lidiar es la megacompañía Nestlé, que desde
2003 mantiene en ese boscoso emplazamiento del estado de Maine una planta
embotelladora de agua mineral.
Ante el temor de que las actividades de extración acaben agotando las reservas
de la zona, los vecinos han solicitado a la justicia que fuerce a la firma suiza a
suspender el bombeo anual de 300 millones de litros. En su ruego, los
integrantes de la platafoma constituida para “salvar” el acuífero de Ward’s
Brook han esgrimido que la multinacional alimentaria más poderosa del globo,
además de esquilmar unos recursos que no le pertenecen, está arruinando el
ecosistema de unos parajes celebrados por su edénica belleza.
La todavía inconclusa querella entre los apenas tres mil lugareños de Fryeburg y
el gigante Nestlé ilustra la pujanza de un movimiento insurgente dirigido en los
Estados Unidos a desalentar el consumo de agua en botella. Más allá de agitar
la consabida bandera verde, los impulsores de esta atípica iniciativa pretenden
cargarse de razones al aludir al coste extra que entraña la comercialización en
plástico del oro azul, a la cantidad de residuos que acarrea su envasado, al
despilfarro energético que conlleva su procesamiento y a su discutible
salubridad.
“El agua embotellada es mala para los contribuyentes, es mala para el medio
ambiente y es mala para los sistemas de agua pública”, reiteran desde
Corporate Accountability International, una ONG de Boston que promueve una
exitosa campaña nacional que pide un cambio de hábitos entre los norteamericanos y
pretende, en paralelo, persuadir a los municipios para que anulen sus contratos
con las compañías proveedoras de agua embotellada (de manera que todos los
dispensadores en las dependencias públicas sean de grifo).
Oculta tras la moda antibotella, que ha prosperado con la misma facilidad con la
que cundió antes una moda probotella que en los USA quintuplicó en una
década el consumo pér capita de este producto emblema de la vida sana, se
esconde una discusión de mayor alcance. La controversia acerca de si un
artículo imprescindible, al cual no tienen acceso 1.100 millones de personas en
los cinco continentes, puede quedar librado a la avidez de las corporaciones.
El debate acerca de la privatización o no del agua, que es un pingüe negocio que
también abarca su suministro a través de las tuberías, lleva coleando desde
hace décadas, con dos partidos enzarzados en una tenaz disputa.
Mientras que los impulsores de la filosofía privatizadora afirman que la escasez
del líquido vital que asola al planeta -lo que Naciones Unidas denomina la “crisis
mundial del agua”- se explica por la circunstancia de que ésta no haya sido
considerada un bien económico, los críticos opinan que el ímpetu privatizador no
hace sino agravar la situación de necesidad de los más desfavorecidos. Los
tirios argumentan que someter el agua a las leyes del mercado permitirá
optimizar el recurso y extender los servicios mínimos a toda la ciudadanía. Los
troyanos, por el contrario, objetan que la lógica mercantil no asegura, como
tampoco lo hace con los alimentos, su distribución equitativa.
Frente a estas disquisiciones acerca del modelo de gestión más adecuado, los
hechos se alían con aquellos consumidores que optan por la vía del ahorro,
eligiendo el agua corriente a expensas de las marcas. Según recoge el libro
Bottlemania, que disecciona una industria que, tan solo con la venta de agua en
plástico, factura en los Estados Unidos 11 billones de dólares, estudios de
contrastada solvencia prueban que la mayoría de las veces el fluído que llega
por las cañerías presenta una calidad superior al de su equivalente embotellado.
Pero la verdadera diferencia radica en el precio, como saben los moradores de
Fryeburg, quienes no quieren los botellines aunque se los regale Nestlé. Les
consta, a fin de cuentas, que el agua que mana de los grifos de sus cocinas
procede del mismo reservorio que explota la compañía.
Un agua igual de límpida, pero hasta dos mil veces más barata.
La utopía de Internet
Por muy definitivas que hayan sido las desilusiones que nos ha deparado la Historia,
ninguna crisis ha conseguido quebrar la querencia humana a creer en las utopías.
Si hace algunas décadas hubo quienes vieron en la ecología el anuncio un tiempo de
redención, últimamente los heraldos de la esperanza han redibujado su atlas para resituar
esa tierra promisoria, o una variante más light, en el vertiginoso orbe de Internet.
Miradas las cosas con perspectiva, pocos programas salvíficos han prometido tanto como
la Web 2.0. Al menos en el orden del conocimiento (que es, para los entusiastas de los
bits, como lo fue para los escolásticos, el auténtico humus de la libertad).
En sus sucesivas encarnaciones, Internet ha aspirado a erigir una democracia horizontal
flechada hacia la participación constante y la recreación solidaria de la verdad, donde las
elecciones deberían ser más que nunca. (Todo ello sin censuras, al menos de entrada, y
sin más filtros que la propia tecnología).
Se podrá atender a esta visión con reserva, objetar que excluye a los millones de personas
que no pertenecen a las clases digitales, pero resultaría demasiado voluntarista negar los
avances del universo etéreo de la world wide web.
Basta con rebobinar la película para convencerse de que nunca había sido tan sencillo
tomar la iniciativa para el hombre común. De eso se jactan, hasta la complaciencia, los
nuevos libertos que se comunican vía chat sin necesidad de franquear fronteras o pedir
permisos; que compran y venden en línea sin recurrir a intermediarios comerciales; esa
generación interconectada que difunde sus propias noticias y opiniones sin esperar a que
éstas pasen por el cedazo de los mass media.
Quizá porque no podía ocurrir de otro modo, el momento álgido en la extensión del credo
cibernauta ha coincidido en Estados Unidos con la multiplicación de los reparos al
evangelio de los Gates y cía.
Aunque solo sea porque la tecnofobia constituye un acto reflejo, Internet siempre ha
tenido sus críticos. Lo extraordinario es que las objeciones se concentren ahora en rebatir
el mismo corazón del naciente utopismo. A saber: la especie de que lo virtual, al promover
la participación y una difusión no fiscalizada de las informaciones, estaría alumbrando una
versión inédita de ciudadanía.
En los últimos dos años, un par de libros con títulos elocuentes, El culto al aficionado y
Contra la máquina, han delineado con buen trazo el revés “siniestro” de la Web 2.0. En el
primero, el escritor inglés Andrew Keen argumenta que Internet, lejos de favorecer el
conocimiento, estaría propiciando la mera circulación de “observaciones superficiales”
(más tras la eclosión de los blogs).
En Contra la máquina, el crítico cultural neoyorkino Lee Siegel señala que la Red, antes
que liberar a sus usuarios, lo que hace es mantenerlos cautivos; bien identificados en sus
preferencias y gustos, de forma que sea más sencillo convertirlos luego en targets
publicitarios.
A esa corriente se ha sumado estos días Nicholas Carr desde la influyente revista
estadounidense The Atlantic, para describir las contraindicaciones que entraña el uso
intensivo de las tecnologías en los quehaceres intelectuales y el comportamiento
compulsivo que genera el abuso del mail y el messenger.
“Antes era un submarinista en el mar de las palabras”, dice Carr, quien reconoce haber
pasado buena parte de la última década on line, restando más y más tiempo a la lectura
de fuentes alternativas como los libros. “Ahora me deslizo por su superficie como un
esquiador acuático”.
“Los medios no son cauces pasivos de información”, escribe este antiguo editor de la
Harvard Business Review en un artículo titulado “¿Nos está haciendo Google más
estúpidos?”. “Ellos suministran la materia prima para el pensamiento, pero también
moldean el proceso de pensar”, razona. “Lo que parece que está haciendo la Red es
achicar mi capacidad de concentración y contemplación”.
Lo sorprendente sería que, además de arruinar nuestra capacidad de atención, el sueño
libertario de Internet acabase ahogando además la propensión humana a confiarse en las
utopías. Aunque muy probablemente, para esa pulsión, como dice el poeta sobre el
optimismo, no exista vacuna.
El sheriff más duro de América
Los furgones policiales para el transporte de detenidos en el condado de
Maricopa, en Arizona, llevan pintado en su carrocería un ruego para que
los ciudadanos denuncien, entre sus vecinos, a los inmigrantes sin papeles.
La llamada está escrita en un cuerpo de letra tan grande que parece del
todo improbable el pasar junto a uno de esos vehículos y no apercibirse del
mensaje. “No entres ilegalmente”, se lee en una leyenda impresa encima de
una reproducción de la clásica señal de stop.
Invitar a la delación de los irregulares de una manera tan vistosa
constituye una más entre las muchas ocurrencias del sheriff local, Joe
Arpaio, quien es conocido en Estados Unidos tanto por sus prácticas
“imaginativas” (obligar, por ejemplo, a los reclusos a vestir ropa interior
rosa; a modo de escarnio) como por su insobornable celo a la hora de
forzar el cumplimiento de la ley. Más en concreto, la migratoria.
Del ingenio de este hijo de italianos, como de la inquina con la que persigue
a los ilegales, habla la curiosa interpretación que Arpaio, conocido como
“el sheriff más duro de América”, hace de la legislación que pena el tráfico
de personas. La norma le vale al jefe policial, de cuya jurisdicción depende
un amplio territorio que limita con la frontera mexicana, como un
subterfugio para acusar a los espaldas mojadas de traficar con ellos
mismos.
Como contó recientemente un reportaje de la red de emisoras públicas
NPR que retrataba a este funcionario convertido en toda una celebridad en
su país, en su “caza al inmigrante” Arpaio acostumbra a ir más lejos que
sus colegas. Mientras que en los distritos vecinos, por poner otro ejemplo,
existe una directiva que establece que a los presos no se les debe preguntar
por su ciudadanía o su número de seguridad social, en los dominios del
sheriff de Maricopa esos datos proporcionan, por el contrario, un
efectivísimo recurso para “identificar” a quienes carecen de un permiso de
residencia.
Al igual que suele ocurrir con la mayoría de asuntos que dividen
agriamente a la opinión pública, como la tenencia de armas o el aborto, el
debate entorno a la inmigración se presta a un planteamiento maniqueo.
En vez de atacar el fondo del asunto, los debatientes, ya sean autoridades o
grupos de presión, se entretienen señalando con el dedo a los buenos y a
los malos. Hacerlo supone una estrategia más efectista; a la que se puede
sacar mucho rédito sin comprometerse.
Las maneras y la chulería de Joe Arpaio, que se ufana de no permitir el uso
del español en sus oficinas argumentando que en Estados Unidos sólo se
habla inglés, lo convierten en un personaje con todas las opciones de
triunfar en el casting para elegir al malo de la película. Pero frente a la
hipocresía general, la figura nefasta de este sheriff que ha sido objeto de
varios documentales y libros, tiene la “virtud” de hacer visible lo errada e
inconsistente que se revela la política migratoria de Washington.
La actuación del sheriff, que para más inri ocupa un cargo al que se accede
por votación popular, está amparada por la ley. Sus abusos, por más
excesivos que se antojen, son posibles porque el sistema normativo y la
justicia estadounidenses los toleran.
En algún momento Estados Unidos deberá plantearse seriamente si, como
pretenden hacer creer los grupos de defensa de los derechos humanos que
ponen en la picota a Arpaio, a la nación le preocupa la cruda circunstancia
que padecen los 13 millones de inmigrantes indocumentados que residen
dentro de sus porosas fronteras.
Esto último lo quisiera poder escribir uno a modo de pronóstico. Aunque
viendo la deriva que está tomando la política de migraciones yankee, que
cada vez empuja un poco más a los extranjeros hacia la economía
subterránea; después de comprobar la forma como cierta prensa y algunos
candidatos republicanos han demonizado a los inmigrantes durante la
campaña para la presidencia, uno ha de reconocer que antes que una
proyección lo anterior es, en realidad, una simple expresión de deseo.
La segunda oportunidad de Obama
Al comienzo de la interminable campaña presidencial estadounidense, cuando
su vertiginoso ascenso generaba entre propios y extraños tantas adhesiones
como perplejidades, Barack Obama componía un personaje escurridizo de cuyo
éxito nadie era capaz de develar las razones definitivas.
Casi un año después, el ahora ya único aspirante demócrata para los comicios
de noviembre asoma como una figura un tanto desdibujada que, aunque
conserva todavía un extraño don para seducir sin apenas proponérselo, poco a
poco se asemeja menos a ese líder que parecía destinado a renovar
radicalmente los usos de la política de Washington.
Presentado en su momento como el candidato de la concordia, descrito incluso
como alguien “ansioso” por entenderse con sus oponentes, el actual senador por
Illinois ha alcanzado la nominación tras una enconada disputa con Hillary
Clinton que, al margen de ser poco congruente con su mensaje original, ha
sumido al partido azul en una extraordinaria crisis.
Pero tanto como su imagen conciliadora, en el fragor de la pelea con Clinton se
ha resentido su pretendida fama de hombre que “ignora las viejas reglas”.
Para vencer a la ex primera dama, a la que han condenado la soberbia y el
recurso abusivo a un apellido mucho más desacreditado de lo que se suponía,
Obama se ha visto forzado a adoptar, como de costumbre, una estrategia que
descansa en el poder del marketing electoral; aplicada, en lo sustantivo, a
recaudar más dinero que los adversarios.
Aunque muchos analistas le cuelgan la vitola de favorito, el trecho que le resta
por recorrer a este hijo de un inmigrante que de crío pastoreaba cabras en su
Kenya natal se anuncia aún mucho más accidentado. Bastante más desafiante,
en lo personal, para el propio Obama.
De entrada, su suerte depende del buen tiento que el candidato que la revista
Time describió como “un acontecimiento inexplicable que inspira reverencia y
éxtasis” tenga para para resteñar las heridas entre sus correlegionarios. Pero
sobre todo su habilidad para atraer a un voto popular que, durante las primarias,
ha estado más del lado de la senadora por Nueva York.
“Afronto este reto con profunda humildad y reconociendo mis propias
limitaciones”, confesó Obama tras su confirmación el pasado martes. En la
medida en que este abogado de cara aniñada logre recomponer su estampa de
hombre de “carne y hueso”, sus opciones de batir en las elecciones al
republicano John McCain, un veterano de Vietnam que ha hecho de la lucha
antiterrorista el eje de su discurso, se multiplican.
Desde que anunciara su postulación hace más de un año y medio, Obama ha
sabido sacar un excelente rendimiento a su singular biografía. La peripecia vital
de un negro nacido de un matrimonio roto entre un extranjero y una joven de
Kansas que, a pesar de las estrecheces económicas y el desarraigo de una
infancia a caballo entre Hawaii e Indonesia, consiguió graduarse con méritos en
las exclusivas universidades de Harvard y Columbia.
Ese relato, que evocaba poderosamente el mito del “sueño americano”, junto
con sus excepcionales dotes de orador, constituyen las mejores bazas de un
político que puede ufanarse además de haber escrito dos libros devenidos en
auténticos superventas.
A ellas debería confiarse el autor de Sueños de mi padre y La audacia de la
esperanza, a quien aguarda un “viejo zorro” como McCain, fogueado
precisamente en esa forma de concebir la política de la que Obama había
querido desmarcarse al lanzar su candidatura, consistente, en palabras del
senador negro, “en lograr que el oponente quede desacreditado”.
Aquí tiene el afroamericano una segunda oportunidad, probablemente la última,
de estar a la altura de un personaje creado por él mismo que contagia ilusión y
fervor, que ha conseguido que hasta los electores más desencantados se
interesen por el debate de las cosas públicas.
El precio de la sangre
Su figura continúa ejerciendo entre sus
compatriotas un ascendente tan poderoso que a nadie llama la
atención en Estados Unidos que los políticos, poco importa
cuál sea su pelaje o filiación ideológica, se afanen en
capitalizar el legado de Martin Luther King.
En su reñida competencia por hacerse con la nominación
demócrata para las presidenciales de noviembre, Hillary Clinton y
Barack Obama no solo han reivindicado ostensiblemente al
campeón negro de los derechos civiles, sino que los senadores
por Nueva York e Illinois se han enzarzado incluso en una agria
disputa -aunque episódica y banal- a cuenta del reverendo negro
asesinado en 1968 en el balcón del Lorraine Motel de Memphis.
El desencuentro lo originaron hace algunos meses unas
declaraciones televisivas de la antigua primera dama a propósito
de la ley que, en 1964, consagró el denominado “sueño de la
igualdad”.
Al referirse a la llamada Acta de los Derechos Civiles, Clinton
destacó el papel desempeñado por el presidente Lyndon B.
Johnson en la promoción de aquella histórica norma. El énfasis
puesto en los méritos de Johnson molestó a algunos líderes de la
comunidad negra, que interpretaron -no sin cierta malicia- que la
senadora minimizaba con su comentario la contribución de King
al movimiento de los derechos civiles. Rápidos de reflejos, los
integrantes del equipo de campaña de Obama utilizaron las
palabras de Clinton para presentarlas como un signo de su poca
“sensibilidad racial”.
Finalmente, después de que la rencilla cundiese para varios
titulares de prensa, los dos aspirantes demócratas sellaron las
paces con ocasión del aniversario, días más tarde, del
nacimiento de Luther King. “Puede que discrepemos en asuntos
menores, pero cuando se trata de lo verdaderamente importante
somos como una familia”, resumió Clinton tras darse un baño de
multitudes en Nueva York junto a un grupo de activistas
afroamericanos.
Además de servir para ilustrar cómo una carrera electoral tan
dilatada como la norteamericana fuerza a escenificar
desaveniencias entre los candidatos que enseguida quedan en
simple anécdota, a la efímera disputa demócrata acerca de MLK
se le puede encontrar algo más de entraña.
Por más influencia que pueda tener en el imaginario colectivo,
por más que los políticos se encomienden a su obra, lo cierto es
que una parte sustancial del mensaje del líder negro todavía no
ha sido ni asumida -menos aún practicada- por la dirigencia
estadounidense.
Esto es algo que se advierte al examinar la actitud de Clinton y
Obama, quienes deberían haber recordado antes de enredarse
en su cruce descalificaciones que el empeño de Luther King,
tanto como una causa por la igualdad y las libertades, constituyó
una vindicación en favor de la concordia y el entendimiento.
Pero se advierte sobre todo al corroborar cómo la furia guerrera
del que ha hecho santo y seña la administración Bush mantiene
a los Estados Unidos muy lejos de la proclama pacifista que
también agitó con vehemencia el pastor bautista.
“Honramos a Luther King, pero nunca lo hemos escuchado”,
escribió Bob Herbert desde las páginas de opinión del rotativo
The New York Times. “A pesar del mensaje de cambio pacífico
de King, no existe nada más americano que la violencia brutal”,
añadió el columnista.
Para Herbert, el carismático hombre de cuyo asesinato se
cumplen ahora 40 años entendió con inusitada lucidez “el precio
que hay que pagar por la creencia de que cada problema puede
ser arreglado con una bala o una bomba”.
En la comprensión del coste que acarrea la “diplomacia de las
armas” parecen hallarse en este preciso momento los
estadounidenses, asqueados en su mayoría ante la espiral de
violencia en la que se han convertido las intervenciones de Irak y
Afganistán.
Es tan solo cuestión de tiempo que podamos comprobar si, una
vez entendido cuál es el verdadero precio de la sangre, Estados
Unidos estará dispuesto a volver a asumirlo tan ufanamente. O
si, por el contrario, optará -como empieza a demandar buena
parte de su opinión pública- por una estrategia menos
beligerante.
Únicamente tiempo.








